28 julio 2019

Un hombre hecho destino

*Artículo del columnista Gustavo Duncan, publicado en La Silla Vacía el jueves .

Egan y Thomas entrando de la mano en la meta de Val Thorens
El destino no está escrito pero existen los predestinados. Egan Bernal tuvo que sortear cualquier cantidad de trampas del destino para ganar el Tour de Francia. Todos los astros tuvieron que coincidir. No bastaba con que fuera el más fuerte en la carretera.

En mayo de este año ocurrió el primer  golpe de fortuna en forma de accidente. Pocos días antes de iniciar el Giro de Italia, en donde iba a ser el líder de su equipo, el Ineos, se cayó en un entrenamiento. Una fractura de clavícula lo descartó de la partida. Entonces reprogramaron su calendario para el Tour.

La noticia daba alientos. El Giro de Italia es famoso por tener las montañas más duras del ciclismo en competencia, pero el prestigio del Tour de Francia no lo iguala ninguna otra carrera. El problema era que allí iba a ir como gregario, a trabajar para Thomas, el campeón del pasado Tour, y para Froome, que buscaba conquistar su quinto título. Era muy improbable que ambos capos fallaran y Egan tuviera una oportunidad. Aun si era el más fuerte en la carretera debía gastar sus energías antes de poder aspirar por la clasificación general.

Entonces el destino volvió a alumbrar a Egan. Froome se accidentó en una carrera previa al Tour. Se convirtió en el segundo corredor del Ineos, pero lo que es más importante, no iba a ir cómo gregario sino como capo alterno a Thomas.

Llega la cita con el destino

De todas maneras ser considerado como capo no garantizaba la jefatura. Habían varias circunstancias que impedían que tuviera libertad para disputar la carrera. Por haber ganado el pasado Tour había que respetar la capitanía de Thomas. Egan no podía atacar, a menos que Thomas diera muestras de no poder doblegar sus rivales.

La situación parecía más desilusionante luego de la etapa 13, una contrarreloj plana de 27 kilómetros. Ese día Egan no estuvo bien y al final cedía 1’26’’ con Thomas en la general, quien se consolidaba como el líder del Ineos.

Pero de nuevo el destino. Dos factores ayudaron a abrir la posibilidad de Egan como líder del equipo. El primero fue la fortaleza de otros corredores en la montaña. Los ataques del francés Pinot y del holandés Kruijswijk en los Pirineos cortaron a Thomas y, si bien Egan no pudo atacar para no afectar a Thomas, se pudo acercar en la general y demostró a su equipo que tenía mejores piernas en la montaña. Ya en la primera etapa de los Alpes fue el propio Thomas quien le pidió que atacara en el último puerto, el mítico Galibier, para sacudir la carrera y luego contraatacar él. Egan partió y nadie pudo seguirlo. Luego, cuando Thomas atacó los principales rivales volvieron a llegarle a rueda. Fue claro en ese momento quien era el hombre a batir en el Tour.

El segundo factor fue un ciclista sorpresa. El francés Julián Alaphilippe es un campeón en toda regla, pero su especialidad son las clásicas de un día y las etapas quebradas, no es un corredor para ganar grandes vueltas. Por eso, causó preocupación cuando pudo estar con los mejores en la primera etapa de gran montaña y luego alarma cuando ganó la contra reloj y se defendió en los Pirineos. Era líder del Tour con minuto y medio a falta de las tres etapas alpinas. La diferencia tomada obligaba a un ataque lejano que demoliera a Alaphilippe a varias montañas antes de meta.

Si había alguien que pudiera hacerlo era Egan. Thomas tenía piernas para soltar a Alaphilippe pero no para soltar a los otros rivales como Pinot, Kruijswijk y Buchmann. Si atacaba desde muy lejos podían aprovecharse de su rueda y luego rematarlo.

Un día que pudo ser épico

El momento del ataque demoledor e incontestable en el imponente Iserán
La ciencia ha cambiado todo. Al ciclismo también. Si se comparan las carreras cuando el país se enganchó al Tour de Francia con las del día de hoy, a uno le parecería que en ese entonces el ciclismo era un espectáculo similar a la lucha libre mexicana. Los ciclistas atacaban en todos los recodos de la carretera, un día se fundían, al otro resucitaban y las clasificaciones daban un vuelco. Era, sin lugar a dudas, mucho más espectacular.

Ahora la tecnología no permite errores. Los métodos de entrenamiento, los ciclocomputadores que miden al instante el organismo de los ciclistas, la aerodinámica, etc. han igualado las fuerzas al nivel de milímetros. Cualquier gasto de energía de más para ganar unos segundos se puede pagar con minutos. Por eso la labor de los gregarios se ha vuelto tan importante. Mantienen el pelotón enfilado, evitando los ataques y también quebrando las piernas de los rivales para allanar el remate del líder del equipo a pocos kilómetros de meta, dentro de la zona de seguridad, no vaya a ser que una pálida haga perder todas las opciones.

Los ataques lejanos a varios premios de montaña del final son una rareza. Suponen demasiados riesgos. Pero esta vez la distancia tomada por Alaphilippe lo exigía. Si dejaban todo para el último puerto les iba a sobrevivir otra etapa y llegaría de amarillo a Paris.

Al empezar a subir el penúltimo puerto de la etapa 19, el coloso Iserán a más de 2700 metros de altura, era claro que el Ineos iba a reventar la carrera. El ritmo que impusieron fue tan brutal que a falta de más de seis kilómetros para el puerto habían reventado a todos sus gregarios. Les tocaba poner el pecho a los líderes. Era la última oportunidad de Thomas para hacer valer su capitanía. Atacó seco. Si lograba abrir una distancia hasta el final Egan tendría que respetar a su líder y mantener la rueda de los demás rivales. No importaba que estuviera más fuerte.

Y otra vez el destino. Kruijswijk y Buchmann cerraron la brecha con Thomas. Era la oportunidad de Egan. Atacó sin pararse en los pedales antes de la pancarta de 5 kilómetros para coronar el puerto. Sus zancadas fueron demasiado para los demás rivales, si lo seguían por poco más tiempo iban a implosionar. Durante un par de kilómetros lo tuvieron a la vista, mientras iban sobrepasando a los escapados de la jornada. Luego, dejaron que fuera De Plus, un gregario de Kruijswijk que iba entre los escapados, quien se echara el trabajo de la persecución. Tenían miedo que su organismo entrara en la zona roja de esfuerzo mientras Thomas se aprovechaba de su rueda.

A 3 kilómetros del puerto Egan iba desatado; todas sus inhibiciones para ambicionar el liderato del Tour desaparecieron. Se la iba a jugar desde muy lejos y parecía que iba a ser una gesta épica. En el Iserán, a casi 37 kilómetros de meta, coronaba en solitario. A unos pocos segundos lo hacía Yates, quien fue el último de la escapada inicial en ser rebasado. A 58 segundos pasaban Thomas, Kruijswijk y Buchmann. El líder Alaphilippe lo hacía a 2’10’’. Ahora entraba en juego la estrategia y las alianzas en el terreno de descenso, plano y más descenso antes del puerto final. Yates le llegó a Egan y juntos trabajaban para ampliar la ventaja. El acuerdo era tácito: Yates se llevaba la etapa y Egan el liderato. Atrás solo perseguía De Plus. No era rival, antes de terminar el descenso ya perdían 1’10’’.

Entonces vino la gran frustración para los aficionados del ciclismo épico. La etapa era neutralizada por desprendimientos de tierra sobre la carretera. La organización dispuso que los tiempos se tomaran en la cima del Iserán. Por consiguiente, Egan era el nuevo líder con una cómoda ventaja sobre el resto de rivales.

El posible desenlace

Esta vez el destino privó al predestinado de hacer una de las exhibiciones más memorables de la historia del ciclismo moderno. Todo estaba dado para que Egan entrara a la meta ese día en Tignes con uno o dos minutos sobre el siguiente rival, muy posiblemente Thomas. Las diferencias se hubieran ido en los márgenes de varios minutos, con ciclistas llegando exhaustos de uno en uno, a la vieja usanza. Los aficionados al ciclismo, más allá de la nacionalidad de los campeones, no veíamos nada así desde Pantani en 1998. Estábamos, sin duda, ante la etapa más épica del presente siglo: la carrera destrozada, el líder perdiendo minutos y los principales rivales sin coequiperos que les hicieran el trabajo sucio.

No pudo ser. Pero de seguro Egan tiene piernas y cabeza para ganar Grandes Vueltas en los próximos años y para brindarnos hazañas como la que iba camino a realizar en la etapa 19. De momento, luego de cumplida la etapa 20, donde salvo el desfallecimiento de Alaphilippe no hubo mayores cambios en la clasificación general, solo nos queda celebrar el paseo de la victoria en Paris. Hay que gozar, al fin se ganó un Tour de Francia.

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