09 junio 2012

Henry “cebollita” Cárdenas, testigo de la época dorada del ciclismo colombiano

Por Gustavo Duncan

Los inicios de un escarabajo
Mi apodo de ciclista era “cebollita”, pero yo no era de Aquitania, la tierra de la cebolla en Colombia. Yo soy de Sogamoso. Lo que pasó fue que mi padre, a quien le gustaba el ciclismo, se había aburrido de patrocinar a sus hijos por los pobres resultados de mis hermanos mayores. Entonces a mí me tocó probar suerte en equipos regionales. Un equipo de Aquitania me dio la oportunidad. Por eso todos pensaban que era de allí.

Las cosas se me dieron bien en las carreras juveniles y pude fichar con CAFAM que era el equipo sub23 del Café de Colombia. Era un orgullo estar en el equipo de Lucho Herrera y de Fabio Parra en esa época. Pero también tenía sus desventajas. En ese entonces no podíamos siquiera imaginar correr para nosotros. Debíamos trabajar para los corredores élites. Obedecíamos ciegamente las instrucciones de nuestro técnico.

En 1985 corrí la Vuelta a Colombia por primera vez. No había cumplido los veinte años. Como siempre trabajábamos para Lucho. Un día Miguel Ángel Bermúdez, el presidente de la Federación Colombiana de Ciclismo, me pregunto por qué nunca atacaba en la montaña si era tan bueno subiendo. Le expliqué que mi labor era solo ser gregario. Me dijo entonces que no importaba, que él respondía por mi decisión, que atacara y ganara la etapa. Ese día llegábamos a Manizales en plena subida de primera categoría. Ataqué al inicio del puerto junto a un grupo de corredores. A medida que la cuesta se iba haciendo más dura los fui dejando clavados. Al entrar en los dos kilómetros finales, donde está lo verdaderamente duro del puerto, me alcanzó Alirio Chizabas que había saltado del lote del líder. Como había tanta gente en la cuneta Chizabas pensó que me había rebasado. Faltando cien metros esprinté por sorpresa y gane la etapa. No podía creerlo había ganado una etapa de la Vuelta a Colombia.

Gregario de lujo en la Vuelta a España victoriosa de Lucho Herrera
En 1987 me seleccionaron para correr la Vuelta a España. No estaba en mis planes, pero los corredores titulares se habían lesionado o no estaban en forma. No era una buena noticia porque la Vuelta en ese entonces era en abril y mayo, cuando el clima era todavía demasiado frio y lluvioso para nosotros los colombianos. Aunque no estaba en mis planes tocó ir. Lucho iba originalmente a hacer kilómetros y probablemente no terminaría la carrera.

En la primera llegada en alto (Grau-Roig) el técnico Rafael Antonio Niño nos ordenó atacar. Yo salté junto a Patrocinio Jiménez para marcar a Vicente Belda del Kelme. “El viejo Patro” no demoró en recriminarme por el paso que ponía en la subida. Me imagino que le enfurecía que un compañero de apenas 21 años lo pusiera en aprietos. Para no oír más sus insultos apreté el paso. Quedamos solos Belda y yo. Luego Lucho apareció de atrás como un fantasma y se fue con Belda. Ese día llegué quinto en la etapa. Como durante la primera semana Lucho perdió alrededor de medio minuto en un corte al final de una etapa plana me convertí en el mejor colombiano en la general. Era séptimo a 2:21 de Kelly.

Al día siguiente venia la etapa de Cerler con llegada en premio de montaña de fuera de serie. Mis expectativas eran enormes. La gente en Colombia no comprendía lo competitivo y agresivo que se corría dentro de un pelotón ciclista. Antes de cada subida tocaba pelear a codazo y a cuneta limpia para estar en la parte de adelante del lote. Si se empezaba a subir retrasado no había manera de adelantar a quienes se rezagaban. Tocaba perseguir el resto de la etapa y el gasto de energía era enorme. De hecho se sentía un verdadero descanso cuando empezaba la subida luego de haber derrochado fuerzas en el plano para estar adelante. El día de Cerler Lucho me mandó a buscarle un bidón al inicio del puerto. No entiendo por qué lo hizo. Apenas me retrasé a esperar al coche del equipo comenzaron los ataques. Ese día los escaladores demarraron desde abajo para distanciar a Kelly. Cuando finalmente pude volver a alcanzar al lote no tenía fuerzas para seguir con los de adelante. Cubino ganó y yo llegué a 3:16. Ahora debía ser exclusivamente un gregario de Lucho.

En los Lagos de Covadonga Lucho tomó el liderato, lo perdió en la contrarreloj y en la etapa siguiente debíamos recuperar la camiseta amarilla camino de Ávila. Durante toda la etapa estuvimos atacando a Dietzen quien era la principal amenaza luego de que Kelly se retirara. Recuerdo que en la última subida Lucho me dijo que apretara. Progresivamente fui acelerando el paso hasta que Lucho atacó. Me hice a un lado para ver el reguero de ciclistas que habíamos dejado. Nunca se me olvidara la cara de odio que me hizo Perico Delgado cuando pasó al lado mío. Y eso que Perico fue uno de los ciclistas más simpáticos con los que corrí en Europa. El resultado al final no pudo ser mejor: Lucho fue Campeón y al final yo me clasifique noveno en la general. Con solo 21 años sentía que estaba para grandes cosas en Europa.

Victoria con sabor agridulce en la etapa reina de la Dauphine Liberé 87
La oportunidad llegaría esa misma temporada en el Dauphine Liberé. Los celos entre los compañeros de equipo también eran parte de la competencia. Recuerdo que en la primera etapa de montaña me sentí muy bien y abuse de mis fuerzas en la primera parte. Luego en la última subida tuve pésimas sensaciones. Le comenté a mi compañero Omar Neira que iba justo. Enseguida arrancó llevándose a rueda a Charly Mottet. Llegué a meta en un segundo pelotón a más de un minuto, lo que al final me costaría el título de la carrera.

En la siguiente etapa de montaña me sentí aún mejor, pero esta vez no quería cometer el mismo error de derrochar mis fuerzas. Le dije a Omar Neira lo mismo, que iba reventado. Y lo que es la suerte, esta vez me dijo que él también iba fundido. Apliqué la misma estrategia con “el tomate” Agudelo y los demás compañeros del equipo. Pero todos iban justos. Nadie me iba a hacer el favor de romper la carrera. Entonces ataqué en todos los puertos para seleccionar el lote. En el penúltimo puerto, que era una de las subidas de Europa más dura que recuerde (Col de Glandon), coroné solo y en el descenso me alcanzaron Mottet, Claveyrolat, Roux y Pensec. La carrera venía totalmente rota al pie de la subida final, un puerto de segunda categoría (Val Frejus). Allí aceleré hasta meta sin que nadie pudiera seguirme. Al final las diferencias fueron enormes. Solo Mottet pudo entrar a menos de un minuto. Roux, que aguantó conmigo hasta el último puerto, fue quinto en la etapa y perdió 4:57. Si no hubiera sido por las diferencias de la primera etapa de montaña le hubiera ganado ese Dauphine a Mottet.

El frío y lluvioso Giro del 89
En 1989 fui gregario de Lucho en el Giro de Italia. Además de ayudarle en la carretera yo le servía de espía a Lucho para saber que piñones montar. Le preguntaba a Roche con cual relación iba a subir hoy y Lucho usaba uno o dos piñones menos. Le ayude a romper la carrera hacia Las Tres Cimas de Lavadero, donde ganó y sacó un minuto de ventaja a Fignon y a Breukink. Llegué noveno en esa etapa.

Pensábamos que al día siguiente, con los pasos de Giau y Marmolada, íbamos a sentenciar la carrera. En cambio tuvimos uno de los días más duros que recuerde en bicicleta. Recuerdo que coronando un puerto comenzó a nevar como nunca había visto sobre una bicicleta. Hacía tanto frio que mis dedos se durmieron y debía frenar con todo el puño de mis manos. Un ciclista europeo me aconsejó que golpeara mis dedos contra el manubrio para que despertaran. Luego sucedió algo aún más dramático. La nieve y el agua se congelaron sobre mi chapa de piñones y cuando cambiaba de velocidad la cadena se resbalaba. Seguí usando un solo cambio hasta que vi a un ciclista suizo, creo que era Pascal Richard, que estrujaba su bicicleta contra el asfalto para sacudir el hielo de sus piñones. Cuando terminé la etapa me encontré con los dos compañeros del equipo que habían llegado antes que yo. Estaban cubiertos con pesadas mantas y tomaban alguna bebida caliente. Al verme se rieron de mí. Yo los increpé, pero luego, cuando estaba igual que ellos sentado y abrigado y vi entrar al próximo corredor del equipo entendí sus risas. Estaba irreconocible por el barro, la nieve y la lluvia. Él también se enojó. Pero igual se iba a reír del próximo que llegara.

Decepción en el paso a Europa: los cambios en el ciclismo y el fichaje por el Carrera
Tenía entonces menos de 25 años y pensaba que era hora de asumir funciones de líder. Me veía ganando carreras en Europa. Pero el ciclismo iba a cambiar radicalmente con el doping. De repente, muchos patacones, como solíamos llamar a los ciclistas del montón, comenzaron a dejarnos regados en la montaña. En el plano se iba a velocidades asombrosas. En una ocasión en una etapa absolutamente llana, sin siquiera un puente, mi velocímetro alcanzó a marcar 80 kilómetros por hora. No podía creerlo y le pedí a varios compañeros que me mostraran el suyo. Todos marcaban la misma velocidad.

Recuerdo que en un Giro de Italia en que iba rezagado en uno de los puertos iniciales de la etapa, Dimitri Konyshev, quien era un esprínter le dijo a otro ciclista en italiano: -“Mira a este colombiano. Hace un par de años nos humillaba en la montaña y ahora a duras penas puede subir con nosotros”-. No sabía que yo entendía italiano. Le respondí: -“Prefiero ir de último limpio, que ganar y luego estar postrado en la cama de un hospital”-. Konyshev me dijo que tenía razón, que el ciclismo estaba podrido.

Por más que me esforzaba no podía ganar. Pero mis esfuerzos me sirvieron al menos para ser fichado por el Carrera de Chiappucci y Pantani. Era increíble como andaban en esa época. En una ocasión entrenaba con el Chiappucci. Luego de 200 kilómetros fuimos a almorzar. Era increíble la cantidad de comida que tragaba. Cuando terminó me dijo: -“Hey cebollita… ¿otros cincuenta kilómetros?”-. Yo le dije que estaba loco.

En 1992 me decepcioné de correr en Europa. Estaba aburrido de encontrarme humillado por ciclistas que iban atiborrados de EPO mientras yo, que iba limpio, no tenía oportunidades de ganar nada. Más rabia me daban las críticas de ciertos comentaristas colombianos que no eran capaces de comprender los cambios en el ciclismo con las nuevas formas de doping de principios de los noventa. No fueron capaces de explicarles a los aficionados colombianos porqué nuestros ciclistas ya no rendían como los tiempos de Lucho y Parra. Nos acusaban de ser perezosos, de habernos aburguesado. Nada más injusto.

Regreso al ciclismo colombiano
Duré un año sin tocar la bicicleta de la decepción tan grande que sentía. En 1994 regresé a correr, pero solo en Colombia. No quería saber nada de Europa. Me costó adaptarme pero finalmente volví a ser competitivo. Gané numerosas etapas y la vuelta al Tolima corriendo por el equipo Gaseosas Glacial.

En 1995 estuve a punto de obtener mi mayor victoria en Colombia. Fui líder del Clásico RCN hasta la penúltima etapa, que era la misma contrarreloj entre Paipa y Tunja que ganó Induráin en el Mundial. Mi principal rival estaba en mi mismo equipo, Raúl Montaña. En ese entonces era considerado la nueva esperanza del ciclismo colombiano. Al final perdí la general por 38 segundos.

Recuerdos de grandes campeones: Pantani, Fignon y Delgado
Pantani era una gran persona. Yo lo conocí cuando recién llegó al Carrera. Con el primer sueldo compró el último carro de moda. Yo bromeaba con él y le decía: -“Qué pasa con ustedes los tipos pequeños, que siempre andan en carros grandes”-. Chiappucci y Pantani eran muy sencillos. Durante el Mundial de Duitama me acerqué a su hotel a saludarlos. Mientras discutía con el portero para que me dejara entrar escuché a Pantani gritar mi nombre. Me saludó con un fraternal abrazo y me dijo: -“Yo leo los periódicos en Italia y me encuentro que siempre Cárdenas primero”-. No era nada en comparación con lo que Pantani había ganado ya.

Otros ciclistas que recuerdo por ser muy buenas personas eran Fignon y el Perico Delgado. Cuando Rondón corría en el Gatorade le pregunte que tal las relaciones con Fignon, que hablaba tan mal de los colombianos. Él me dijo que curiosamente era uno de los mejores compañeros que había tenido. No le creía hasta que una vez me tropecé con alguien en el pelotón. Cuando volteé mi cabeza me di cuenta que era Fignon y pensé que eso iba para pelea. Le pedí disculpas y ese día nos fuimos charlando hasta el final de la etapa. Nos hicimos amigos de pelotón. Su muerte me pesó.

Perico era un caso especial. Creo que ha sido el ciclista con mayor simpatía en el pelotón que he conocido.

Echando una mirada atrás
En retrospectiva me siento frustrado por haber hecho parte de una generación de ciclistas colombianos que no brilló como hubiera podido por la explosión del EPO. Éramos los llamados a reemplazar a Lucho y Parra. Pero así existan recuerdos tristes, muchas de las alegrías en mi vida se las debo al ciclismo. Ahora tengo mi propio almacén de bicicletas en Bogotá. Me da lo suficiente para llevar una vida muy cómoda y disfrutar de mí familia.

Ojala volvamos a Europa con un equipo ciclista como lo hacíamos en los ochenta con el Café de Colombia. Creo que ahora hay una nueva oportunidad con los controles al doping. No es casual que nuestros ciclistas vuelvan a estar al frente del lote en las subidas de Europa como lo hacían en los ochenta.

1 comentario:

  1. Tiene toda la razón el "Cebollita", no es casual que nuestro ciclismo vuelva a reverdecer los laureles de los años 80. El doping de los Europeos nos privó de muchos triunfos en la década del 90.

    ResponderEliminar