La forma natural de los puertos colombianos es que sean largos y tendidos, en ocasiones con constantes cambios de pendiente, a ratos con tramos continuos entre el 6 y 7%, y que nos revientan, tanto a los amantes del ciclismo recreacional como de competición, por pura acumulación de esfuerzos. Estos puertos son así porque no pretenden, al estilo europeo, conectar dos valles separados por un collado; sino subir desde las orillas de enormes ríos enclavados en profundos y amplios valles a pocos centenares de metros sobre el nivel del mar hasta fríos pasos de montaña que cruzan las cordilleras andinas para conducirnos a ciudades ubicadas al otro lado, a unos miles de metros de altitud. El Páramo de Letras, por la vertiente que nos disponemos a ascender en esta ocasión, es sencillamente la versión extrema de los puertos colombianos. Un alto muy diferente a todo lo que se pueda subir en Europa. La de Letras es la carretera principal que une Bogotá con el departamento de Caldas. Desde el valle del rió Magdalena, pasa a través de la volcánica Cordillera Central de los Andes, y desciende hasta el río Cauca.
El puerto comienza en las afueras de Mariquita, donde hasta los mosquitos sudan y jadean por el sofocante calor. El primer kilómetro nos recibe sin contemplaciones, con un par de herraduras y alguna rampa al 10%. Durante 5 kilómetros pedaleamos sobre el 7% pero a unos agónicos casi 40ºC a la sombra y humedad del 100%. Enseguida sigue una zona de sube y bajas, típicas de este puerto, en que tramos de hasta el 8% se intercalan con falsos planos y descensos. Nada fuera de lo normal si no fuera porque se trata de una subida de unos inacabables 80 kilómetros de longitud. De nuevo vienen otros 4 kilómetros entre el 6 y 7% que en vez de descender a un valle atraviesan diversas colinas hasta llegar al municipio cafetero de Fresno. A esta altura el clima ha mejorado notoriamente. Las sombras de los árboles y las laderas de la montaña alivian nuestro pedaleo.
Tras dejar Fresno trazamos un par de curvas de herradura por encima del pueblo, tras las cuales se suceden algunos repechos duros entre rectas interminables de una carretera que cruza una suave ladera. En esta parte del puerto debemos tener mucho cuidado para no atrancarnos con los desarrollos que usemos, pues los continuos cambios de ritmo nos dificultan encontrar un pedaleo cómodo y constante. En el kilómetro 40, justo en la entrada al municipio de Padua, en plena mitad de la ascensión, nos encontramos con el tramo más duro del puerto: una rampa de 300 metros entre el 10 y 11%. Tras salir del pueblo se nos vienen 6 kilómetros al 6.2%. Ahora el clima es otro. Hemos superado los 2000 metros de altura y el bosque andino y el viento fresco de los Andes suavizan el maltrato del asfixiante sol del comienzo del puerto. El ambiente de alta montaña se nos muestra ahora en todo su esplendor, con los profundos valles interandinos debajo, a nuestra derecha; y las, en apariencia infranqueables y selváticas montañas allá a lo lejos, frente a nosotros.
Y de nuevo otros 15 kilómetros de más subes que bajas, con algunos tramos continuos arriba del 6%, van moliendo nuestras piernas. En el kilómetro 60, tras un pronunciado descenso de kilómetro y medio, en un rellano sobre el filo de la montaña, encontramos varios sencillos paradores turísticos. Aquí conviene alimentarse bien y recuperar carbohidratos porque comienza la parte verdaderamente continua y dura del puerto. Sobre todo porque ya nuestras piernas vienen tocadas por tantas horas y tantos kilómetros de esfuerzo.
Dos herraduras nos reciben para afrontar un primer tramo de casi 11 kilómetros al 7% plenos de cerradas y oscuras vaguadas. Esta parte es la más escénica de Letras, la que nos deja con mayor sensación de estar ascendiendo un típico puerto alpino o pirenaico. El aire comienza a cambiar con el olor a los helechos gigantes y otras fantasmagóricas formas vegetales que parecen querer engullirnos. El ambiente de páramo nos envuelve. Una corta bajada en el kilómetro 71, alrededor de unos preciosos precipicios de rocas forradas en musgos y rocío de manantiales donde nacen los ríos nos llevan a una especie de falso collado. Pero no es el fin del puerto. Faltan todavía 2.4 kilómetros al 7.6% (que a estas alturas de la ascensión, y arriba de los 3000 metros duelen como si ascendiéramos el Mortirolo) que nos llevan a un alto donde ya se divisa el final de está interminable ascensión. Solo nos queda un gélido descenso de un par de kilómetros y luego otros agónicos 4 kilómetros de subida a casi el 6%, hasta alcanzar el alto sobre un extenso altiplano que marca el fin del puerto. Si tenemos suerte con la niebla y nos quedan fuerzas para levantar nuestra mirada veremos al frente a la izquierda el fatídico y hermoso volcán Nevado del Ruiz. ¡Ya estamos en la cima! Este final se nos hizo eterno pero lo logramos.
Y de nuevo otros 15 kilómetros de más subes que bajas, con algunos tramos continuos arriba del 6%, van moliendo nuestras piernas. En el kilómetro 60, tras un pronunciado descenso de kilómetro y medio, en un rellano sobre el filo de la montaña, encontramos varios sencillos paradores turísticos. Aquí conviene alimentarse bien y recuperar carbohidratos porque comienza la parte verdaderamente continua y dura del puerto. Sobre todo porque ya nuestras piernas vienen tocadas por tantas horas y tantos kilómetros de esfuerzo.Dos herraduras nos reciben para afrontar un primer tramo de casi 11 kilómetros al 7% plenos de cerradas y oscuras vaguadas. Esta parte es la más escénica de Letras, la que nos deja con mayor sensación de estar ascendiendo un típico puerto alpino o pirenaico. El aire comienza a cambiar con el olor a los helechos gigantes y otras fantasmagóricas formas vegetales que parecen querer engullirnos. El ambiente de páramo nos envuelve. Una corta bajada en el kilómetro 71, alrededor de unos preciosos precipicios de rocas forradas en musgos y rocío de manantiales donde nacen los ríos nos llevan a una especie de falso collado. Pero no es el fin del puerto. Faltan todavía 2.4 kilómetros al 7.6% (que a estas alturas de la ascensión, y arriba de los 3000 metros duelen como si ascendiéramos el Mortirolo) que nos llevan a un alto donde ya se divisa el final de está interminable ascensión. Solo nos queda un gélido descenso de un par de kilómetros y luego otros agónicos 4 kilómetros de subida a casi el 6%, hasta alcanzar el alto sobre un extenso altiplano que marca el fin del puerto. Si tenemos suerte con la niebla y nos quedan fuerzas para levantar nuestra mirada veremos al frente a la izquierda el fatídico y hermoso volcán Nevado del Ruiz. ¡Ya estamos en la cima! Este final se nos hizo eterno pero lo logramos.
Estamos a casi 3700 metros de altitud y el viento nos obliga a abrigamos para sacarnos orgullosos la foto de rigor bajo el cartel que marca el Alto de Letras. Comentamos en broma que nos ha parecido un buen “puerto de desgaste”. Lastima que no vengan ya los mejores ciclistas del pelotón mundial a disputar, como antaño, la Vuelta a Colombia. Seria un espectáculo grandioso ver como sufren ante nuestros escarabajos en este tremendo puertaco.Para salir de este frió e inhóspito lugar y alcanzar la civilización podremos transitar un kilómetro y algo más de falso llano para comenzar la bajada de la otra vertiente hacia Manizales, una ciudad incrustada sobre las laderas de los Andes Centrales.
Aquí presentamos la altimetria completa de Letras y las altimetrias parciales, divididas en tres partes. Destaca la última, con la estocada definitiva de los 20 kilómetros finales que terminaran de triturar nuestros músculos.
Con sus brutales 623 de Coeficiente APM el Páramo de Letras por la vertiente de Mariquita no tiene parangón con ningún puerto ascendido por una carrera ciclista profesional en todo el mundo. Es por eso que se sitúa en el primer puesto en el ranking de puertos más duros ascendidos históricamente en carreras profesionales.
Un ejemplo de la dureza de esta vertiente de Letras es la clasificación de la 6ª etapa de la Vuelta a Colombia 2007 entre Mariquita y Manizales. En una etapa de solo 123.5 kilómetros y únicamente un puerto que superar durante el recorrido, las diferencias fueron mayores que en las míticas etapas de Val Louron 91 y Sestriere 92 del Tour de Francia.



